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Libertad religiosa y reciprocidad

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Creo que sería más productivo hablar de “reciprocidad religiosa” que de “diálogo interreligioso”.
Anteayer domingo se celebró la Jornada Mundial por la evangelización de los pueblos, o sea lo que antes llamábamos el día del Domund, que era cuando de pequeños salíamos a las calles a pedir por las misiones, más o menos disfrazados. En una excelente entrevista de la Cope, la misionera Pilar Vila-Sanjuán Sagnier nos explicó las dificultades que atraviesan muchos religiosos, “no curitas ni monjitas”, en países donde su ayuda es imprescindible, como se demostró en la Cachemira paquistaní hace dos años cuando un terremoto asoló ese territorio. Pilar dirige un colegio en Pakistán y pretende educar a niños cristianos y musulmanes en la convivencia. Misión, desde luego, optimista y complicada. Cuando estuve en ese país por la zona del Caracorum, subiendo montañas con mi amigo Luis Fraga, me comentaron que esta mujer, prima mía, se jugaba la vida todos los días. Podía haber tenido una cómoda existencia en su Barcelona natal. Mejor dicho, una vida regalada. Esa parte de la familia —su madre, Mª Cristina Sagnier y Muñoz— desciende por línea directa de Doña María Cristina de Borbón, princesa de las Dos Sicilias, Reina Gobernadora de España al enviudar del Rey Fernando VII. Pero eligió el camino de la vocación y la senda que le marcaba su conciencia. Y ahí está, en un país islámico, intentando hacer realidad ese casi imposible respeto y reciprocidad que deben tenerse las religiones y que constantemente reclama Benedicto XVI.

Herman Tersch, que es un brillante columnista de El País, comentando la lección magistral que el Papa impartió en Ratisbona, resaltaba lo que el Santo Padre dijo a los embajadores y líderes religiosos musulmanes cuando los recibió en Castelgandolfo después del escándalo que se armó por la cita del Emperador bizantino: Benedicto XVI habló de reciprocidad. Efectivamente, en Occidente existe la posibilidad de elección, es decir una persona puede decidir libremente convertirse al Islam. Pero esa posibilidad es, de hecho, inexistente en los países islámicos, estén gobernados por teocracias o por gobiernos democráticos. Sólo en determinadas zonas cosmopolitas de Turquía o de Marruecos existe una cierta tolerancia religiosa, más cercana a la libertad que se practica en Europa, aunque los cristianos se vean muchas veces acosados violentamente por fundamentalistas musulmanes. Nos encontramos, pues, ante un diálogo religioso desigual. En realidad, por más buena voluntad que se ponga, no existe tal diálogo, y como ha puesto de manifiesto el jesuita egipcio y profesor de islamología de la Universidad San José de Beirut, Samir Khalil Samir, ese diálogo no va a avanzar, al menos por el momento; por ello propone “un diálogo cultural y de civilización, basado sobre la racionalidad y sobre una visión del hombre y de la naturaleza humana que es anterior a cualquier ideología o religión” (Aceprensa nº 100/06). Según este jesuita esa es la razón por la que el Papa, sorprendiendo a propios y a extraños, ha unido el Consejo para el Diálogo Interreligioso y el Consejo para la Cultura.

José Morales, profesor de Telogía Dogmática de la Universidad de Navarra, se ha referido recientemente a la rígida concepción musulmana que se tiene de Dios donde se le ve como algo inalcanzable respecto al mundo y al hombre. “Si el cristianismo es la cercanía de Dios que se encarna, el Islam puede ser considerado como la lejanía divina”. Frente a nuestro Dios cristiano que se ha hecho hombre, como nosotros, para redimirnos, existiría el Dios del Islam ante el que sólo cabe someterse. Es difícil, pues, que con visiones religiosas tan distantes pueda haber entendimiento. Yo propongo una medida que podrían adoptar todos los estados democráticos para tratar de evitar que acabe imponiéndose la dictadura de unas religiones sobre otras. Nuestros países podrían controlar y prohibir la financiación de mezquitas y centros culturales islámicos con dinero proveniente de estados donde esté prohibida y perseguida la práctica de otras religiones. Y llevar un férreo control y seguimiento de esa financiación igual que los estados controlan, o intentan controlar, el dinero del narcotráfico.

Personalmente creo que sería más productivo hablar de “reciprocidad religiosa” que de “diálogo interreligioso” o de “alianza cultural o de civilizaciones”. En lugar de enzarzarnos en grandes, y sin duda apasionantes, discusiones teológicas, ¿por qué no ir directamente a los resultados? “¿Ustedes permiten que mis nacionales inviertan en su país para construir un colegio o una iglesia? ¿Sí? Pues en ese caso tienen también aquí, y mientras respeten las cartas de derechos fundamentales comúnmente aceptadas, las puertas abiertas”. Pero solamente en los casos en los que se dé ese supuesto de reciprocidad real. No creo que sea tan complicado. El principio de reciprocidad es algo que entiende y admite todo el mundo. Tan sólo se requiere voluntad y decisión política para llevarlo a la práctica.

Fuente: La Gaceta de los Negocios, Madrid 24 de octubre de 2006.

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