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Religión y fundamentalismo

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A las muertes, en Turquía, del sacerdote Andrea Santoro y del periodista de origen armenio Hrant Dink se han sumado, la semana pasada, tres más y una persona herida muy grave. Ha sido la consecuencia de un ataque de carácter terrorista a la editorial Zirve, que se dedicaba a publicar Biblias y otros libros de temática religiosa. Las víctimas fueron encontradas atadas de pies y manos y degolladas.

Antes de estos hechos, algunos grupos ultranacionalistas habían protestado contra las actividades de esta editorial por considerar que algunas eran de tipo proselitista, pues vendían Biblias. Como se sabe, en no pocos países musulmanes la difusión de una religión que no sea la islámica está perseguida penalmente y hay casos en que la conversión a otra religión puede acarrear la muerte. En Turquía, teóricamente hay una cierta libertad religiosa, pero de hecho consiste en quedar los no-musulmanes recluidos en la sacristía; algo parecido a lo que pretenden algunos laicistas.

Estos hechos, unidos al atroz terrorismo islamista y la masiva inmigración musulmana, ha llevado a bastantes a un cierto pesimismo. Las visiones del tipo de las de Oriana Fallaci tienden a mostrar al Islam como un peligro emergente e invencible. La debilidad del mundo occidental, incrédulo en sus propios valores y avergonzado de su identidad, junto a la imagen que proyectan los hechos de violencia masiva y desenfrenada –a fin de cuentas, el terrorismo es el crimen puesto al servicio de la propaganda–, favorecen esta visión. ¿Pero es esto cierto?

La endeblez moral de nuestro mundo es incuestionable. Solamente los cientos de miles de abortos que tienen lugar en Occidente son indicio, más que sobrado, de un mundo que se está suicidando porque ha perdido el sentido de la vida. ¿Y de fortaleza indestructible en el mundo musulmán es posible hablar? Quienes sienten su propia debilidad, quienes andan sobrados de falta de autoestima, aunque lo disimulen con lirismo cursi a modo de sucedáneo de verdaderos valores, tienden a ver más grande al de enfrente y fácilmente caen en la rendición preventiva, afanándose por pagar el correspondiente vasallaje, o bien declaran abiertamente la derrota irremisible.

¿La violencia y el radicalismo islamista es signo de fortaleza o más bien de debilidad? Ortega y Gasset solía señalar que, mientras que las creencias nos sostienen, somos nosotros quienes tenemos que sostener a las ideas. Una cultura es un conjunto de creencias sobre lo que es el mundo y cómo se las ha de haber uno con él. Es decir, las creencias dicen a qué atenerse en la vida y, por ello, son un suelo firme en el que apoyarse. Pero cuando una cultura entra en contacto intenso con otra, la cosmovisión que en sí lleva entra en cuestión, porque ve en el otro que la realidad tal vez sea distinta a lo que creía.

Esto, en buena medida, es lo que le ha pasado al mundo musulmán en esta época nuestra en la que las televisiones llegan hasta el último rincón. Y cuando las creencias se tambalean, pasan a ser solamente ideas que tenemos que sostener en un postrer intento por no perder el suelo en el que nos apoyábamos. Una forma de mantener una idea, cuando uno se encuentra en la desesperación de no encontrar argumentos y razones, es recurrir a la prohibición y a la violencia.

Según la agencia de noticias ACPress, de los miles de inmigrantes musulmanes que llegan a Occidente, seis millones, al año, se convierten al cristianismo. En Francia, anualmente son quince mil. Según Roman Silantyev, director del Consejo Interreligioso en Rusia, durante los últimos quince años, en aquellos lares, dos millones de musulmanes se convirtieron al cristianismo, mientras que al Islam solamente lo hicieron dos mil quinientas personas.

Se suele dar mucha cancha a los neomusulmanes y se conoce poco el fenómeno inverso. Una de las razones son las persecuciones de todo tipo que tienen que sufrir quienes se bautizan, incluso pueden llegar a recibir amenazas de muerte, que en ocasiones se consuman. ¿Cuántos de estos casos se dan en España? En cualquier caso, este fenómeno es un síntoma claro de hasta qué punto el Evangelio es un interrogante para el mundo musulmán. ¿Podría ser el cristianismo también un interrogante para el mundo occidental?

Fuente: Libertad Digital, 25.4.07

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