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Vivir en la verdad: libertad religiosa y misión católica en el nuevo orden mundial

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Ofrecemos la traducción al castellano de la conferencia que pronunció Mons. Charles J. Chaput, Arzobispo de Denver (Estados Unidos) en Podhradie Spišské, Eslovaquia con el título "Vivir en la verdad: libertad religiosa y misión católica en el nuevo orden mundial" el 24 de agosto de 2010.

Es conocida la declaración de Tertuliano según la cual la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia. La historia ha probado que es verdad. Y Eslovaquia es el lugar perfecto para rememorar hoy sus palabras. Aquí, y en toda Europa Central y Oriental, los católicos sufrieron durante cincuenta años los regímenes asesinos nazi y soviético. Así que saben el costo real del testimonio cristiano por su amarga experiencia, y también, por desgracia, el costo de la cobardía, la colaboración y el autoengaño ante el mal.

Quiero comenzar sugiriendo que muchos católicos en los Estados Unidos y Europa occidental de hoy simplemente no comprenden esos costos. Tampoco parece importarles. Como resultado, muchos en nuestros países son indiferentes a este proceso que los científicos sociales suelen llamar la "secularización", y que, en la práctica, consiste en repudiar las raíces cristianas y el alma de nuestra civilización.

Los católicos estadounidenses no tenemos la experiencia de la represión sistemática tan familiar a vuestras Iglesias. Es verdad que el prejuicio anti-católico siempre ha desempeñado un papel en la vida estadounidense. Este fanatismo surgió primero de la cultura dominante protestante de mi país, y ahora procede de sus clases dirigentes post-cristianas. Pero esto es muy diferente de la persecución deliberada. En general, los católicos han prosperado en los Estados Unidos. La razón es simple. Estados Unidos siempre ha tenido una amplia base moral cristiana y es amigable a la religión, y nuestras instituciones públicas se establecieron como no-sectarias y no anti-religiosas.

En el corazón de la experiencia americana hay un instintivo "realismo bíblico." Desde nuestra herencia protestante siempre hemos entendido -al menos hasta ahora- dos cosas a un nivel profundo. En primer lugar, que el pecado es real y los hombres y las mujeres podemos corrompernos por el poder y la prosperidad. En segundo lugar, que la "ciudad de Dios" es algo muy distinto de la "ciudad del hombre." Y siempre nos resistimos a confundir las dos.

Catedral de Nueva York (Estados Unidos)
Catedral de Nueva York
(Estados Unidos)

Alexis de Tocqueville, en su Democracia en América, escribió: "El despotismo puede prescindir de la fe, pero la libertad no puede …" Por lo tanto, "¿qué se debe hacer con un pueblo que es su propio dueño, si no es obediente a Dios?"

Los fundadores de Estados Unidos eran un grupo variado de cristianos practicantes y deístas de la Ilustración. Pero casi todos eran amigos de la fe religiosa. Creían que un pueblo libre no puede permanecer libre sin la fe religiosa y las virtudes que esta fomenta. Trataron de mantener la Iglesia y el Estado independientes y autónomos. Pero sus motivos eran muy diferentes de los de la agenda revolucionaria de Europa. Los fundadores de Estados Unidos no confundieron el Estado con la sociedad civil. No tenían ningún deseo de una vida pública radicalmente secularizada. No tenían ninguna intención de mantener a la religión fuera de los asuntos públicos. Por el contrario, querían garantizar a los ciudadanos la libertad de vivir su fe pública y vigorosamente, y de proponer sus convicciones religiosas para influir en la construcción de una sociedad justa.

Obviamente, debemos recordar que existen otras grandes diferencias entre las experiencias americana y europeas. Europa ha sufrido algunas de las peores guerras y regímenes violentos en la historia humana. Los Estados Unidos no han visto una guerra en su territorio en 150 años. Los estadounidenses no tienen experiencia de ciudades bombardeadas o colapso social y poca experiencia de pobreza, hambre o política ideológica. Como resultado, el pasado ha dejado a muchos europeos con una mundanidad y un pesimismo que parece muy diferente del optimismo que marca la sociedad norteamericana. Pero estas diferencias no cambian el hecho de que nuestros caminos hacia el futuro son ahora convergentes. Hoy, en la era de la interconexión global, los desafíos que enfrentan los católicos en Estados Unidos son prácticamente los mismos que en Europa: nos enfrentamos a una visión política laica agresiva y un modelo económico consumista que resultan -en la práctica si no en la intención explícita- en un nuevo tipo de ateísmo alentado por el Estado.

Para decirlo de otro modo: la visión del mundo derivada de la Ilustración que dio origen a las grandes ideologías del asesinato del siglo pasado sigue siendo muy viva. Su lenguaje es más suave, sus intenciones parecen más amables y su rostro es más amigable. Pero su impulso subyacente no ha cambiado: es decir, el sueño de construir una sociedad sin Dios, un mundo donde los hombres y las mujeres pueden vivir enteramente suficientes en sí mismos, satisfaciendo sus necesidades y deseos a través de su propio ingenio.

Esta visión presupone un mundo francamente "post-cristiano" regido por la racionalidad, la tecnología y la ingeniería del bien social. La religión tiene un lugar en esta visión del mundo, pero solo como un accesorio individual de estilo de vida. La gente es libre de adorar y creer lo que quieran, siempre y cuando mantengan sus creencias para sí mismos y no pretendan invadir con su idiosincrasia religiosa en el funcionamiento del gobierno, la economía o la cultura.

Esto podría sonar, en un primer momento, como una forma razonable de organizar una sociedad moderna que incluye una amplia gama de tradiciones étnicas, religiosas y culturales y diferentes filosofías y enfoques de la vida.

Pero nos sentimos de inmediato golpeados por dos detalles desagradables.

En primer lugar, "la libertad de culto" no es en absoluto lo mismo que "la libertad de religión." La libertad religiosa incluye el derecho a predicar, enseñar, reunirse, organizarse y a comprometerse públicamente en la sociedad y en sus problemas, como individuos y en grupo como comunidades de fe. Esta es la comprensión clásica del derecho del ciudadano al "libre ejercicio" de su religión de la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. Está también claramente implícito en el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En contraste, la libertad de culto es una idea mucho más pequeña y más restrictiva.

En segundo lugar, ¿cómo encaja la retórica de los ilustrados y la tolerancia secular con la experiencia real de los fieles católicos en Europa y América del Norte en los últimos años?

En los Estados Unidos, una nación que sigue siendo cristiana en un 80 por ciento con un alto grado de práctica religiosa, las agencias de gobierno actualmente intentan cada vez más dictar cómo deben operar los ministros de la Iglesia y obligarlos a prácticas que destruyen su identidad católica. Se han hecho esfuerzos para desalentar o tipificar como delito como "discurso del odio" la expresión de ciertas creencias católicas. Actualmente nuestros tribunales y los parlamentos rutinariamente toman acciones que atentan contra la vida matrimonial y familiar, y tratan de limpiar la vida pública de simbolismo cristiano y de sus signos de influencia.

En Europa observamos tendencias similares, aunque marcadas por un desprecio más abierto hacia el cristianismo. Han sido vilipendiados en los medios de comunicación líderes de la Iglesia e incluso en los tribunales por simple manifestación de la doctrina católica. Hace algunos años, como muchos de ustedes recordarán, a uno de los principales políticos de nuestra generación católica, Rocco Buttiglione, le fue negado un puesto de gobierno en la Unión Europea debido a sus creencias católicas.

A principios de este verano hemos sido testigos una clase de brutalidad vengativa que no se ve en este continente desde la época de los métodos policiales nazi y soviético: el palacio del Arzobispo en Bruselas fue allanado por agentes de la policía; los obispos fueron detenidos e interrogados durante nueve horas sin un proceso y sus ordenadores privados, sus teléfonos móviles y sus archivos fueron incautados. Incluso las tumbas de los difuntos de la Iglesia fueron violadas en el ataque. Para la mayoría de los estadounidenses, este tipo de humillación pública y calculada de los líderes religiosos sería un ultraje y un abuso de poder del Estado. Y esto no a causa de las virtudes o los pecados de los líderes religiosos específicos involucrados, ya que todos tenemos el deber de obedecer las leyes justas. Más bien, es un ultraje porque la autoridad civil, por su crudeza, muestra el desprecio por las creencias y los creyentes a los que representan esos líderes.

Mi punto de vista es este: estas no son las acciones de gobiernos que ven a la Iglesia Católica como un socio respetable en sus proyectos para el siglo XXI. Al contrario. Estos hechos sugieren una discriminación sistemática y emergente contra la Iglesia que ahora parece inevitable.

Hoy los que buscan la secularización de la sociedad han aprendido del pasado. Son más hábiles en su fanatismo, más elegantes en sus relaciones públicas, más inteligentes en su esfuerzo para excluir a la Iglesia y los creyentes individuales de su influencia en la vida moral de la sociedad. En las próximas décadas el cristianismo se convertirá en una fe que pueda hablar en la plaza pública cada vez con menor libertad. Una sociedad donde a la fe se le impide la expresión pública vigorosa es una sociedad que ha convertido al Estado en un ídolo. Y cuando el Estado se convierte en un ídolo, los hombres y las mujeres se convierten en la ofrenda del sacrificio.

El cardenal Henri de Lubac una vez escribió que "no es cierto ... que el hombre no puede organizar el mundo sin Dios. Lo que es cierto es que sin Dios [el hombre] en última instancia, sólo puede organizarlo contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano ".

Occidente está ahora constantemente en movimiento en la dirección de ese nuevo "humanismo inhumano." Y si la Iglesia debe responder fielmente, tenemos que recurrir a las lecciones que vuestras Iglesias aprendieron bajo el totalitarismo.

Un catolicismo de resistencia se debe basar en la confianza en las palabras de Cristo: "la verdad os hará libres." Esta confianza os dio conocimiento de la naturaleza de los regímenes totalitarios. Os ayudó a articular nuevas formas de seguimiento. Al releer las palabras del líder checo Václav Havel para prepararme para esta conversación, me llamó la atención el profundo humanismo cristiano de su idea de "vivir en la verdad." Los católicos de hoy necesitan ver su papel como discípulos y su misión de un modo más preciso que aquel "vivir dentro de la verdad".

Vivir dentro de la verdad significa vivir de acuerdo a Jesucristo y a la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. Esto significa proclamar la verdad del Evangelio cristiano no solo mediante nuestras palabras sino mediante nuestro ejemplo. Significa vivir cada día y cada momento de la inquebrantable convicción de que Dios vive, y que su amor es la fuerza motriz de la historia humana y el motor de toda vida humana auténtica. Significa creer que vale la pena sufrir y morir por las verdades del Credo.

Vivir dentro de la verdad significa también decir la verdad y llamar las cosas por su auténtico nombre. Y eso significa sacar a la luz las mentiras por las que algunos hombres tratan de obligar a otros a vivir.

Dos de las mentiras más grandes en el mundo hoy son las siguientes: la primera, que el cristianismo es de una importancia relativamente menor en el desarrollo de Occidente y, segundo, que los valores e instituciones occidentales se pueden sostener sin una base en los principios morales cristianos.

Antes de hablar de estas dos falsedades, deberíamos detenernos un momento para pensar sobre el significado de la historia.

La historia no se refiere simplemente al aprendizaje de hechos. La historia es una forma de memoria, y la memoria es una piedra angular de la propia identidad. Los hechos son inútiles sin un contexto de significado. El genio único y el significado de la civilización occidental no puede entenderse sin los veinte siglos de contexto cristiano en que se desarrollaron. Un pueblo que no conocen su historia no se conoce a sí mismo. Es un pueblo condenado a repetir los errores de su pasado, porque no puede ver qué requiere de ellos el presente, que siempre florece del pasado.

Los pueblos que se olvidan quiénes son pueden ser manipulados más fácilmente. Esto fue dramatizado en la conocida imagen de Orwell del “agujero de la memoria” en su novela 1984. Hoy día, la historia de la Iglesia y el legado del cristianismo occidental están siendo empujados por el agujero de la memoria. Esta es la primera mentira a la que tenemos que hacer frente.

A veces se minimiza el pasado cristiano de Occidente con la mejor intención, por un deseo de promover la coexistencia pacífica en una sociedad pluralista. Pero con más frecuencia se hace para marginar a los cristianos y para neutralizar el testimonio público de la Iglesia.

La Iglesia tiene que hablar de esta mentira y luchar contra ella. Ser un europeo o un norteamericano es ser el heredero de una profunda síntesis cristiana de la filosofía y el arte griegos, el derecho romano y la verdad bíblica. Esta síntesis dio lugar al humanismo cristiano que subyace en toda la civilización occidental.

En este sentido, podemos recordar al sabio luterano alemán y pastor, Dietrich Bonhoeffer. Él escribió estas palabras en los meses previos a su arresto por la Gestapo en 1943: "La unidad de Occidente no es una idea sino una realidad histórica, de la cual el único fundamento es Cristo."

Nuestras sociedades en Occidente son cristianas por nacimiento y su supervivencia depende de la permanencia de los valores cristianos. Nuestros principios básicos y nuestras instituciones políticas se basan, en gran medida, en la moral del Evangelio y en la visión cristiana del hombre y del gobierno. No hablamos aquí solo de la teología cristiana o de ideas religiosas. Hablamos de los puntos de anclaje de nuestras sociedades: el gobierno representativo y la separación de poderes, la libertad de religión y conciencia, y lo que es más importante, la dignidad del ser humano.

Esta verdad sobre la unidad esencial de Occidente tiene un corolario, como Bonhoeffer también observó: quitamos a Cristo y quitamos el único fundamento confiable para nuestros valores, instituciones y forma de vida.

Esto significa que no podemos renunciar en nuestra historia a cierta preocupación superficial a ofender a nuestros vecinos no cristianos. A pesar de la algarabía de los "ateos nuevos" no hay riesgo de que el cristianismo se imponga por la fuerza a la gente en ningún lugar de Occidente. Los únicos "estados confesionales" en el mundo de hoy son los gobernados por dictaduras islamistas o regímenes ateos que han rechazado la creencia del Occidente cristiano en los derechos individuales y el equilibrio de poderes.

Yo diría que la defensa de los ideales occidentales es la única protección que nosotros y nuestros vecinos tenemos contra un descenso hacia nuevas formas de represión, tanto si pudiera ser a manos del Islam fundamentalista o de tecnócratas laicistas.

Pero la indiferencia a nuestro pasado cristiano contribuye a la indiferencia de la defensa de nuestros valores e instituciones en el presente. Y esto me lleva a la segunda gran mentira en la que vivimos hoy en día, la mentira de que no existe una verdad inmutable.

El relativismo es ahora la religión civil y la filosofía pública de Occidente. Una vez más, los argumentos esgrimidos por esta postura pueden parecer convincentes. Teniendo en cuenta el pluralismo del mundo moderno, parece tener sentido que la sociedad debería querer afirmar que ningún individuo o grupo tiene el monopolio de la verdad, que lo que una persona considera bueno y deseable otra puede que no, y que todas las culturas y las religiones deberían ser respetadas como igualmente válidas.

En la práctica, sin embargo, vemos que sin la creencia en principios morales fijos y en verdades trascendentes, nuestras instituciones políticas y nuestro lenguaje se convierten en instrumentos al servicio de una nueva barbarie. En nombre de la tolerancia llegamos a tolerar la más cruel de las intolerancias; el respeto por otras culturas viene de dictar la denigración de la nuestra; la enseñanza del "vive y deja vivir", justifica la vida del más fuerte a expensas del débil.

Este diagnóstico nos ayuda a comprender una de las injusticias fundamentales hoy en Occidente: el delito del aborto.

Me doy cuenta de que el permiso para abortar es una cuestión de derecho vigente en casi todas las naciones de Occidente. En algunos casos, este permiso refleja la voluntad de la mayoría y se ha aprobado a través de medios legales y democráticos. Y soy consciente de que mucha gente, incluso en la Iglesia, encuentra extraño que nosotros, los católicos en Estados Unidos todavía hacemos la santidad de la vida del no nacido un punto central en nuestro testimonio público.

Déjenme decirles por qué creo que el aborto es el tema crucial de nuestra época.

En primer lugar, porque el aborto también se refiere al vivir según la verdad. El derecho a la vida es el fundamento de todo otro derecho humano. Si este derecho no es inviolable, entonces ningún otro derecho puede ser garantizado.

O para decirlo más claramente: El homicidio es homicidio, no importa cuán pequeña sea la víctima.

Aquí hay otra verdad que muchas personas en la Iglesia aún no han considerado plenamente: la defensa de la vida del recién nacido y del no nacido ha sido un elemento central de la identidad católica desde la época apostólica.

Voy a decirlo otra vez: Desde los primeros días de la Iglesia, ser católico ha supuesto rechazar de cualquier modo la participación en el crimen del aborto, ya sea procurando un aborto, realizándolo, o haciendo posible este crimen a través de acciones u omisiones en el ámbito político o judicial. Más que eso, ser católico ha significado clamar contra todo lo que ofende a la santidad y la dignidad de la vida tal como ha sido revelada por Jesucristo.

La evidencia se puede encontrar en los primeros documentos de la historia de la Iglesia. En nuestros días, cuando la santidad de la vida se ve amenazada no solo por el aborto, el infanticidio y la eutanasia, sino también por la investigación embrionaria y por tentaciones eugenésicas de eliminar a los débiles, los discapacitados y los enfermos ancianos, este aspecto de la identidad católica se hace aún más vital para nuestro testimonio de discípulos.

Mi intención al mencionar el aborto es el siguiente: su amplia aceptación en Occidente nos muestra que sin una conexión con Dios o con una verdad superior, nuestras instituciones democráticas puede muy fácilmente convertirse en armas contra nuestra propia dignidad humana.

Nuestros más preciados valores no pueden ser defendidos solo por la razón o simplemente por su propio bien. No tienen justificación propia o interna.

No hay razón inherentemente lógica o utilitaria de por qué la sociedad debería respetar los derechos de la persona humana. Hay incluso menos razones para reconocer los derechos de aquellos cuyas vidas imponen cargas a otros, como es el caso de los niños en el vientre materno, los enfermos terminales o los discapacitados física o mentalmente.

Si los derechos humanos no vienen de Dios, entonces revierten en convenciones arbitrarias de los hombres y las mujeres. El Estado existe para defender los derechos del hombre y promover su prosperidad. El Estado nunca puede ser la fuente de esos derechos. Cuando el Estado se arroga este poder, incluso una democracia puede convertirse en totalitaria.

¿Qué es la legalización del aborto sino una forma de violencia intimada que se reviste a sí misma de democracia? La voluntad de poder del más fuerte se da la fuerza de la ley para matar a los débiles.

Ahí es donde nos estamos dirigiendo hoy en Occidente. Y hemos estado allí antes. Los eslovacos y muchos otros de Europa Central y Oriental han sobrevivido.

He sugerido antes que la libertad religiosa de la Iglesia está bajo asalto hoy en manera no vista desde la época nazi y comunista. Creo que ahora estamos en condiciones de comprender mejor por qué.

Escribiendo en la década de 1960, Richard Weaver, un erudito y filósofo social, dijo: "Estoy absolutamente convencido de que el relativismo nos va a llevar a un régimen de fuerza."

Estaba en lo cierto. Hay una especie de "lógica interna" que lleva el relativismo a la represión.

Esto explica la paradoja de cómo las sociedades occidentales pueden predicar la tolerancia y la diversidad al mismo tiempo que socavan y penalizan agresivamente la vida católica. El dogma de la tolerancia no puede tolerar las creencia católica de que algunas ideas y comportamientos no deben tolerarse porque nos deshumanizan. El dogma de que todas las verdades son relativas no puede permitir la idea de que algunas verdades pueden no serlo.

Las creencias católicas que más profundamente irritan las ortodoxias de Occidente son las relativas al aborto, la sexualidad y el matrimonio de hombre y mujer. Esto no es casual. Estas creencias cristianas expresan la verdad sobre la fertilidad humana, su significado y su destino.

Estas verdades son subversivas en un mundo que nos quieren hacer creer que Dios no es necesario y que la vida humana no tiene una naturaleza inherente o un propósito. Así, la Iglesia debe ser castigada porque, a pesar de los pecados y debilidades de su pueblo, aún es la esposa de Jesucristo, aún es una fuente de belleza, significado y esperanza que se niega a morir, y es la herejía más atractiva y peligrosa del nuevo orden mundial.

Permítaseme resumir lo que he estado diciendo.

Mi primera observación es la siguiente: las ideas tienen consecuencias. Y las malas ideas tienen malas consecuencias. Hoy estamos viviendo en un mundo que está bajo la influencia de algunas ideas muy destructivas, siendo la peor que los hombres y las mujeres pueden vivir como si Dios no importara y como si el Hijo de Dios nunca caminara en esta tierra. Como resultado de estas malas ideas, la libertad de la Iglesia para ejercer su misión está bajo ataque. Tenemos que entender por qué es así, y tenemos que hacer algo al respecto.

Mi segundo punto es simplemente este: ya no podemos darnos el lujo de tratar el debate sobre la secularización -que en realidad significa purificar del cristianismo nuestra memoria cultural- como si fuera un problema para los profesionales de la Iglesia. La aparición de la "nueva Europa" y la “próxima América" enraizadas en algo más que el hecho real de que nuestra historia está formada por el cristianismo tendrá consecuencias perjudiciales para todo creyente serio.

No necesitamos y no debemos abandonar el trabajo duro de un diálogo honesto. Lejos de ello. La Iglesia tiene siempre necesidad de buscar amistades, áreas de acuerdo y maneras de hacer argumentos positivos y razonados en la plaza pública. Pero es absurdo esperar gratitud o incluso respeto de nuestras clases dirigentes gobernantes y culturales. La imprudencia ingenua no es una virtud evangélica.

La tentación en todas las épocas de la Iglesia es tratar de llevarse bien con el César. Y es muy cierto: la Escritura nos dice que debemos respetar y orar por nuestros gobernantes. Tenemos que tener un amor saludable por los países que llamamos nuestro hogar. Pero no podemos dar al César lo que pertenece a Dios. Tenemos que obedecer a Dios primero; las obligaciones de la autoridad política siempre van en segundo lugar. No podemos colaborar con el mal sin convertirnos gradualmente en malos nosotros mismos. Esta es una de las lecciones más vivamente duras del siglo XX. Y es una lección que espero que hayamos aprendido.

Esto me lleva a mi tercer y último punto de hoy: vivimos en un tiempo en que la Iglesia está llamada a ser una comunidad de creyentes de resistencia. Tenemos que llamar a las cosas por su verdadero nombre. Tenemos que luchar contra los males que observamos. Y lo más importante, no debemos engañarnos pensando que por acompañar a las voces del secularismo y de la descristianización podemos de alguna manera mitigar o cambiar las cosas. Solo la verdad puede hacer libres a los hombres. Tenemos que ser apóstoles de Jesucristo y de la Verdad que Él encarna.

Entonces, ¿qué significa esto para nosotros como discípulos individuales? Permítaseme ofrecer unas pocas sugerencias a modo de conclusión.

Mi primera sugerencia procede de nuevo desde el gran testigo contra el paganismo del Tercer Reich, Dietrich Bonhoeffer: "la renovación del mundo occidental se encuentra únicamente en la renovación divina de la Iglesia, que la lleva a la comunión de Jesucristo resucitado y vivo."

El mundo necesita urgentemente un nuevo despertar de la Iglesia en nuestras acciones y en nuestro testimonio público y privado. El mundo necesita que cada uno de nosotros llegue a una experiencia más profunda de nuestro Señor Resucitado, en compañía de nuestros hermanos creyentes. La renovación de Occidente depende ante todo de nuestra fidelidad a Jesucristo y a su Iglesia.

Tenemos que creer realmente lo que decimos que creemos. Además tenemos que demostrarlo con el testimonio de nuestras vidas. Tenemos que estar tan convencidos de las verdades del Credo que debemos estar ardiendo por vivir estas verdades, por amar por estas verdades y por defender estas verdades, incluso hasta el punto de nuestra propio incomodo y sufrimiento.

Somos embajadores del Dios vivo ante un mundo que está a punto de olvidarse de Él. Nuestro trabajo es hacer que Dios sea real, ser el rostro de su amor, proponer una vez más a los hombres y mujeres de nuestro tiempo el diálogo de la salvación.

La lección del siglo XX es que ya no hay gracia barata. Este Dios en el que creemos, este Dios que amó tanto al mundo que envió a su único Hijo a sufrir y morir por él, exige que vivamos el mismo patrón de vida audaz y sacrificado que nos ha sido mostrado por medio de Jesucristo.

La forma de la Iglesia, y la forma de vida de toda vida cristiana, es la forma de la cruz. Nuestra vida debe convertirse en una liturgia, una ofrenda de sí mismos que encarna el amor de Dios y la renovación del mundo.

Los grandes mártires eslovacos del pasado sabían esto. Y mantuvieron viva esta verdad cuando el peso amargo del odio y del totalitarismo presionaron sobre vuestro pueblo. Estoy pensando especialmente en este momento en vuestros heroicos obispos, los beatos Vasil Hopko y Gojdic Pavel y la heroica hermana beata Zdenka Schelingová.

Tenemos que mantener este hermoso mandato de sor Zdenka cerca de nuestros corazones:

"Mi sacrificio, mi santa Misa, se inicia en la vida cotidiana. Desde el altar del Señor voy al altar de mi trabajo. Debo ser capaz de continuar el sacrificio del altar en cada situación. ... Es Cristo a quien debemos proclamar con nuestras vidas, a Él le ofrecemos el sacrificio de nuestra propia voluntad."

Vamos a predicar a Jesucristo con toda la energía de nuestras vidas. Y ayudémonos unos a otros -sin importar el costo- de modo que cuando presentemos cuenta de nuestra vida al Señor, seamos numerados entre los fieles y valientes, y no entre los cobardes o evasivos, o entre aquellos que transigieron hasta que no dejaron nada de sus convicciones, o entre los que estaban en silencio cuando deberían haber dicho la palabra correcta en el momento adecuado. Gracias. Y que Dios les bendiga a todos ustedes.

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