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Libertad Religiosa - Doctrina de la Iglesia Católica

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Carta pastoral n° 9/ 2006/
del señor Obispo don Mario de Gasperín Gasperín, Obispo de Querétaro
Testigos de la esperanza
El hombre, camino de la Iglesia

Hermanos presbíteros
Hermanos y hermanas consagrados
Hermanos y hermanas en la santa fe católica

Introducción

Coordenadas pastorales

1. Después de haber celebrado el Año de la Pastoral Social según marca nuestro Plan Diocesano, y de haber tenido diversos encuentros y sesiones de estudio relativas a la Doctrina Social de la Iglesia, y habiendo escuchado las aportaciones y propuestas de numerosos fieles laicos durante mi Visita Pastoral a las parroquias, y posteriormente retomadas en el documento titulado “El Compromiso Social de los Fieles Laicos”, que sirvió para la reflexión común en la XVII Asamblea Diocesana, me ha parecido necesario escribir esta Carta Pastoral para reafirmar y aclarar algunos conceptos que utiliza el Magisterio eclesiástico en el campo de lo social y estimular a los fieles laicos a asumir más plenamente sus responsabilidades en la vida pública. En efecto, este ramo de la pastoral suele ser el más descuidado no sólo por las exigencias que lleva consigo, sino por la atmósfera enrarecida en que ha vivido la comunidad católica en el último siglo y por la falta de claridad en los conceptos y en los contenidos de la doctrina social cristiana. Vivimos, tanto al interior como sobre todo al exterior de la Iglesia, una especie de “comedia de equivocaciones”, en razón del significado distinto y hasta contrario que se suele dar a términos y expresiones como bien común, laico, laicidad, laicismo, política, política partidista, a la noción misma de Estado laico y de democracia. Una situación así no facilita el diálogo ni el mutuo entendimiento.

Raíz de la crisis actual

2. Esta confusión se ha generado durante más de un siglo de indoctrinamiento de corte liberal, alimentado por diversas corrientes filosóficas que han imperado entre nosotros y que tienen como base el positivismo científico que invadió también el campo del derecho y de la moral y cuyo fruto obligado es la dictadura del relativismo y la vuelta al paganismo. La Iglesia, por su parte, ha clarificado su doctrina y, sobre todo, ha ofrecido respuestas actualizadas a los retos que presentan las nuevas realidades en el campo de las ciencias humanas y de lo social. Por esta razón, y estimulado por el planteamiento del Papa Benedicto XVI en su encíclica “Dios es Amor”, he procurado descubrir en la primera parte de esta Carta Pastoral las mismas raíces del sistema positivista y liberal que nos rige en lo político, en lo económico y en lo social, sobre todo en su expresión más radical del liberalismo intransigente, como le llama la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública (No. 6), de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 22 de Noviembre de 2002. En efecto, el planteamiento originalísimo del Santo Padre en su primera encíclica, nos viene a desvelar las causas de la actual crisis religiosa y cultural, donde lo cristiano es visto por el hombre contemporáneo no sólo con recelo sino como su enemigo, con la trágica consecuencia de la vuelta al más puro paganismo.

La enseñanza social de la Iglesia

3. En la segunda parte de la Carta presento una reflexión sobre la relación que guarda la Doctrina Social de la Iglesia católica con el sistema democrático que nos rige, y con el que convive necesariamente el católico en sus actividades cotidianas, sobre todo quien tiene cargos públicos que desempeñar. En este campo perduran ideas y expresiones que han sido ya superadas por la experiencia democrática de muchas naciones modernas, más concordes con el Magisterio de la Iglesia tal y como lo expone, por ejemplo, el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” al cual remito e invito a conocer y a estudiar. En esta Carta menciono únicamente las ideas y los temas que más afectan a nuestra vida común en México y, necesariamente, lo hago con brevedad.

La lucha entre el bien y el mal

4. Ofrezco también, al final, una reflexión breve sobre la raíz teológica de esta lamentable situación, tal y como se nos revela en la Historia de la Salvación desde sus inicios, de modo que percibamos que lo que ahora vivimos debe enmarcarse como un episodio más de la vieja batalla entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la bendición y la maldición; entre la Babel terrea y la Jerusalén celestial, donde el Cordero inmolado y victorioso nos espera y alienta nuestra esperanza. Somos los católicos Testigos de esta Esperanza en el mundo.

Constructores de la ciudad terrena

5. El fiel católico sabe que la fe no es una mera abstracción, sino un itinerario que inicia con el Bautismo y desemboca en la eternidad; es consciente de que su paso por este mundo implica un compromiso real y concreto con todas las realidades que va encontrando en su camino y que lo orientan hacia su destino final, feliz o desventurado. Sabemos los católicos con toda claridad que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que debemos fijar nuestra mirada en la futura, en la Jerusalén de arriba, en la que habitará por siempre la justicia que en esta tierra no encontramos en plenitud, pero que debemos esforzarnos por construir con tesón y con esperanza. Esta mirada a lo alto no debilita, sino que más bien estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente (Vat. II. GSp, 39) para implantar, ya desde ahora y en el lugar en que nos ha tocado vivir, el Reino de Dios.

I. Las raíces del laicismo

Dos amores edificaron dos ciudades: El amor de Dios
hasta el desprecio de sí mismo y el amor de sí mismo
hasta el desprecio de Dios” (S. Agustín).

Ubicación histórica

6. El siglo que acaba de concluir ha sido de grandes transformaciones sociales en nuestra patria y de dolorosas pruebas para la fe de los católicos mexicanos. El bienestar social prometido a los ciudadanos sólo es objeto de disfrute por parte de unos cuantos audaces y afortunados, mientras que las mayorías siguen aguardando la hora de su cumplimiento; en cambio, las semillas de animadversión sembradas por doquier contra los miembros de la Iglesia de Cristo, han generado un laicismo intransigente y discriminador, que todos los católicos -pastores y fieles- hemos sufrido con ancestral paciencia. Los grandes Pastores que han regido a la Iglesia de Dios en México -ejemplo eximio es San Rafael Guízar Valencia, recientemente canonizado- nos han enseñado a interpretar estas penalidades como participación en la Cruz de Cristo, que ha florecido en numerosos mártires y santos elevados a los altares en los años recientes. En la Basílica de San Pedro en Roma han ondeado, ante el mundo entero, los pendones con las imágenes de numerosos hijos de la Iglesia aclimatada en nuestras tierras. La fe de la Iglesia en México es una fe probada y autentificada por el martirio y esto es don y gracia de Dios que agradecemos. Pero las amenazas persisten, ya no en forma de persecución violenta y cruenta, sino de manera más sutil en la ideología vigente, llámese ésta laicismo, relativismo o desacralización, fenómenos que ahora se engloban con el nombre genérico de postmodernidad.

A. La vuelta al paganismo

La postmodernidad

7. El Papa Benedicto XVI en su carta encíclica “Dios es amor” plantea con suma claridad y crudeza el núcleo focal de donde se originan el día de hoy las acusaciones de mayor envergadura contra la fe cristiana y, en particular, contra la Iglesia católica. Dice el Papa: En la crítica al cristianismo que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de la Ilustración, esta novedad (el eros-ágape como novedad del cristianismo) ha sido valorada de modo absolutamente negativo. El cristianismo, según Fiedrich Nietzsche, habría dado de beber al eros un veneno, el cual, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio (Más allá del bien y del mal, IV, 168). El filósofo alemán expresó de este modo una apreciación muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizá carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino? (No. 3). Aquí tenemos descrito, de manera realista y clara, el punto doliente que afecta la vida del cristiano y que lo hace al menos dudar que su pertenencia a la Iglesia sea para él un bien y que la observancia de los mandamientos le pueda proporcionar felicidad. Esto se refleja en la vida apática de numerosos bautizados.

Objeciones en contra de la Iglesia

8. Las objeciones contra el cristianismo en general y contra la Iglesia católica en particular hoy en día, no suelen ser de tipo intelectual o doctrinal; nadie acusa ahora a la Iglesia de propagar una doctrina absurda o increíble, como lo hacían los paganos y los herejes de los primeros siglos; ni la tacha de irracional o perversa por creer en el dogma de la Santísima Trinidad, en la Encarnación del Verbo o en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En México persisten algunas acusaciones de tipo histórico (puesto que la historia oficial la escribieron los contradictores de la Iglesia), que se originan muchas veces en la carencia de objetividad y de perspectiva histórica, y otras en faltas reales de los hijos de la Iglesia, por las que el Papa Juan Pablo II nos invitó a pedir perdón y a purificar la memoria durante el Gran Jubileo. Las objeciones de tipo histórico se curan con la investigación objetiva de los hechos para quien quiere ver la verdad, y con el perdón ofrecido y recibido por los posibles agravios cometidos.

El laicismo

9. Pero, en la actualidad, como lo señala el Papa Benedicto XVI, se acusa al cristianismo en general y a la Iglesia católica en particular, por motivos psicológicos o sociológicos: por causar daño y hasta enfermar a la sociedad y al individuo, de impedirle ser feliz y disfrutar de los bienes de la creación, comenzando por su propio cuerpo y su sexualidad. El cristianismo sería una especie de enfermedad que debilita lo que está vigoroso y sano, una patología peligrosa que habría que erradicar y cuyo remedio habría que buscar, no corrigiéndolo, porque se tiene por incorregible, sino suprimiéndolo o, al menos, excluyéndolo de la vida pública y social. Este pretendido remedio recibe ahora un nombre muy conocido: laicismo. Todo lo religioso-cristiano debe ser eliminado de la vida pública y social, comenzando por la educación de la niñez y de la juventud, llegando hasta la destrucción del matrimonio y del núcleo familiar; por eso, la educación laica en su interpretación laicista, se ha convertido en un dogma de fe nacional.

Ídolo nuevo con malicia vieja: el paganismo.

10. El lector medianamente informado sobre el origen de la cultura moderna y de esta crítica al cristianismo, sabe que aquí, como bien señala el Papa, está la mano del filósofo Friedrich Nietzsche, para quien la esencia del cristianismo consiste, parafraseando groseramente el cántico del Magnificat, en exaltar a los humildes y humillar a los poderosos, es decir, exaltar lo inútil y rechazar todo lo que realmente vale y cuenta, es decir, el poder. Lo decimos con las mismas palabras del filósofo nihilista: El cristianismo necesita de la enfermedad, del mismo modo que los griegos necesitaban de la salud... El cristianismo se contrapone además a cualquier planteamiento intelectual logrado: tan sólo puede utilizar la razón enferma en cuanto razón cristiana; toma partido por todo cuanto es idiota..., va en contra de la soberbia del espíritu sano (El Anticristo, 51 y 52). Según esta falseada interpretación de la fe cristiana, la actividad de la Iglesia consistiría en exaltar y difundir la enfermedad; lo demostraría el hecho de ir a contrapelo de los valores propios que exaltó el paganismo: el poder, la salud, la fuerza, la belleza, el cuerpo, el placer... y que el hombre requiere para ser feliz. En consecuencia, la verdadera salvación del hombre sería la eliminación del cristianismo y la vuelta al paganismo, que ahora coincide con el laicismo y sus secuelas el relativismo y el secularismo. Hay, pues, que superar al hombre con el super-hombre, lo débil del cristianismo con el poder de lo terrenal: El superhombre es el sentido de la tierra... ¡Permanezcan fieles a la tierra y no crean a los que hablan de esperanzas supraterrenales! Son envenenadores, conscientes o inconscientes... La tierra está cansada de ellos; ¡muéranse de una vez! (Así hablaba Zaratustra, I, 3).

Propuesta satánica

11. En el campo de concentración de Auschwitz (28 de mayo, 2006), el Papa Benedicto XVI explicó las consecuencias de esta propuesta satánica del filósofo alemán, haciendo ver cómo el nazismo pretendió exterminar al pueblo hebreo y así quiso asesinar al Dios que llamó a Abraham y que entregó a Moisés el Decálogo, que contiene la voluntad de Dios para que el hombre viva en paz sobre la tierra; al querer eliminar a Dios y a su pueblo, explicaba el Romano Pontífice, eliminaba también a su Ley y así pretendía erigirse como amo soberano del hombre y dominador del mundo. Una vez arrancada la raíz de la fe hebrea, debía de ser eliminado también el cristianismo, substituyéndolo por la fe en el hombre autosuficiente y soberbio que dicta e impone a placer sus propias leyes. El nacionalsocialismo fue el fruto amargo de esta siembra perversa del filósofo nihilista alemán. Entre nosotros, la hostilidad contra la Iglesia y la subsiguiente persecución religiosa se inspiró más bien en el positivismo y en el liberalismo anticlerical salpicado de socialismo, pero con idéntica intención de erradicar el catolicismo del país; ideología que se sigue difundiendo a granel entre los estudiantes en numerosas cátedras y entre los lectores de las obras del malogrado filósofo alemán.

Más allá de toda ley

12. Por tanto, el laicismo arremete contra el cristianismo y en particular contra la Iglesia católica, no porque tenga argumentos racionales válidos sino porque está persuadido de que la fe cristiana se opone y contradice a todo lo humano y hace infeliz al hombre; por eso describe a la Iglesia y a la moral cristiana como antinatural, restrictiva y opresora. El cristianismo ofrecería, en el mejor de los casos, un ser humano disminuido; debe, por tanto, ser excluido de la vida pública y social. ¡El cristianismo, esa negación de vida convertida en religión!, exclama Nietzsche (El caso Wagner, 2) y llega al extremo de repudiar todo lo que huela a moral y a autodefinirse como el primer inmoralista del mundo (Por qué soy un destino, 2). Rechaza no sólo la moral cristiana, sino también la ética natural, cimentada en principios comunes y universales como es el Decálogo, dando pie a la degradación del ser humano y a la desintegración social.

B. Destrucción del orden moral

Palabras prohibidas.

13. Para el “intelectual” laicista y desacralizado, términos como Dios, mandamientos, ética, moral, amor, valor, alma, conciencia, virtud, deber, fidelidad, etcétera, deben ser excluidos del vocabulario oficial; son palabras prohibidas en el diccionario laicista. Se ha introducido además en la vida pública la moda de inventar vocablos o giros lingüísticos para desvirtuar el peso moral de los contenidos de las acciones implicadas, por ejemplo, a la anticoncepción se le llama “salud reproductiva”, al aborto “interrupción del embarazo”, al embrión humano simple “producto” o se habla erróneamente de “pre-embrión”; con el pretexto de luchar contra el machismo y la discriminación de la mujer (que buena falta nos hace), negando el hecho biológico y privilegiando el cultural, se reinventa la noción de género (ideología de género, equidad de género, etcétera) los cuales no serían sólo dos como los sexos (o tres con el neutro gramatical), sino toda una constelación: masculino, femenino, homosexual-lesbiano, bisexual, transexual, etcétera, dando carta de ciudadanía a la promiscuidad y a la degradación sexual, como en el más puro paganismo que describe San Pablo en su carta a los Romanos (Cf. Rm 1, 24-32). La equivocidad y la confusión en el lenguaje acompaña siempre a la demagogia y a la manipulación social.

Ataque a las instituciones.

14. Con particular encono se atacan las instituciones básicas y fundantes de la sociedad como son el matrimonio y la familia, las cuales, siendo patrimonio común de la humanidad, la Iglesia protege y enriquece con los valores propios del Evangelio, sin quitarles su bien propio y natural. Pero el laicismo aborrece no sólo la moral cristiana sino la misma ley natural y, en nombre del pluralismo y de la tolerancia, aplaude todo género de uniones y formas aberrantes de convivencia, a las que pretende dar en las leyes el mismo rango jurídico y social que al matrimonio natural y a la familia. En esta vuelta al paganismo, habría que incluir toda una galaxia de doctrinas y prácticas de moda como son el exagerado cuidado del cuerpo y la exaltación de la sexualidad y del placer sin compromiso ni responsabilidad; el endiosamiento de los cultos y rituales paganos, autóctonos o extranjeros; el sometimiento a las fuerzas de la naturaleza con el nombre de vibraciones, astrología, nueva era, curanderismo y prácticas supersticiosas y pseudomísticas; en una palabra, el renacimiento de la superstición con la ayuda de la mercadotecnia. Todas estas prácticas primarias y rupestres son una especie de erupción del alma primitiva que ofrece un variadísimo tianguis religioso que el laicismo acepta y propaga, consciente o inconscientemente, confundiendo la libertad de creencias con la banalidad y el engaño.

Los laicos y el laicismo.

15. Pero, si miramos al interior de la comunidad creyente, podemos observar que no está exenta de este prejuicio y de este error, sino que el laicismo, en buena parte al menos, está incrustado en la entraña misma del catolicismo nacional. La separación entre la fe y la vida, entre lo que se cree y lo que se practica, es una de las llagas más dolorosas que tiene que soportar la santa Madre Iglesia. El llamado catolicismo sociológico -el aceptado por tradición y poco ilustrado- supera en número al convencido y genera unos adeptos indecisos y apáticos, fácilmente manipulables, en muchas ocasiones temerosos de aparecer en público como creyentes. Las leyes antirreligiosas obligaron a los católicos a disimular su fe y a esconder su práctica. Pero, ¿no fue el Concilio Vaticano II quien, con toda su autoridad, resaltó el protagonismo de los fieles laicos y les encargó gestionar y ordenar los asuntos temporales según Dios, defendiendo su índole secular, para que cooperen a dilatar en el mundo el Señorío de Cristo y así cumplan su vocación y se salven? (Cf LG 31, 35, GS 43). Diez años después, el Papa Pablo VI les recuerda que su campo de acción está en el corazón del mundo y de las más variadas realidades temporales (EN, 70) y Juan Pablo II les señala que el mundo es el ámbito y el medio de su vocación, de su santificación y de su salvación (Cf CFL, 17). Los Obispos de México lo subrayamos también de manera apremiante en nuestra carta pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos (Cf. Nos. 270-305), porque, si la luz no alumbra y la sal no da buen sabor debe ser desechada y pisoteada por la gente, decía Jesús.

C. El cristianismo: un gran al amor y a la vida

Jesucristo, el “amén” del Padre.

16. El Papa Benedicto XVI corrige esta apreciación tan lastimosa y va a la raíz misma del laicismo contemporáneo. En su carta encíclica no menciona la palabra pecado; y no es porque no le interese la ley moral, o no deban enderezarse los comportamientos humanos equivocados, sino porque el Papa quiere subrayar que el cristianismo no arranca de una doctrina o de un sistema intelectual o moral, por más sublime que sea, sino del encuentro gozoso con una Persona viviente y real, Jesucristo. No se comienza a ser cristiano –dice en su encíclica- por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (No. 1); y les aclaraba recientemente a los fieles de Roma: La fe y la ética cristiana no quieren sofocar, sino sanar, hacer fuerte y libre el amor. Este es el sentido de los diez mandamientos, que no son una serie de “noes” sino un gran “sí” al amor y a la vida. La razón le asiste toda al Papa y le agradecemos el recordárnoslo con tan claras palabras. En efecto, en la sagrada Escritura, Jesucristo es llamado el Amén del Padre, el que dijo sí a su voluntad y la cumplió con amor, a tal grado que la consideró su alimento cotidiano. Si buscamos de donde le viene al hombre el poder amar a Dios, la única razón que encontramos es porque Dios lo amó primero, decía san Agustín (Serm. 34, 1). Porque el hombre experimentó primero el amor de Dios, que le salió al encuentro en una persona concreta y real que se llamó Jesucristo, por eso sus mandamientos no son pesados y su carga es ligera; o, como diría también san Agustín, quien cumple la ley, no está bajo la ley, sino con ella (In Jo. 3,2), la hace su compañera y guía de camino, su alimento y su gozo.

Lo que queremos anunciar.

17. Vemos, pues, que el amor cristiano no nace de una obligación, de un deber, sino de un encuentro gracioso, de una gratitud. El no que llevan consigo los mandamientos se desprende de un sí gozoso a la voluntad de Dios y del encuentro amoroso con su Hijo Jesucristo. Al aceptar el hombre a Jesucristo necesariamente se sigue el rechazo de otros maestros y doctrinas, como el hallazgo de la perla preciosa conlleva la venta de los cachivaches. Lo acaba de reiterar el Papa Benedicto XVI: Despertar el valor de atreverse a tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que permiten crecer, caminar hacia delante y alcanzar cualquier objetivo importante en la vida; las únicas que no destruyen la libertad, sino que ofrecen la justa dirección en el espacio. Arriesgar esto, este salto -por así decir- en definitivo, y con ello acoger plenamente la vida, esto es algo que quisiera poder comunicar (Radio Vaticana, entrevista el día 5 y 13 de agosto, 2006). Esto es lo que nosotros quisiéramos también poder trasmitir y comunicar.

El corazón de la fe cristiana.

18. La frase de San Juan Dios es amor (1 Jo 4, 16) expresa, según el Romano Pontífice, con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana; por eso -añade- deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma y que nosotros debemos comunicar a los demás (No. 1). Se trata, pues, del ser o del no ser cristiano, según se acepte esta enseñanza y se viva esta experiencia, o no. Para evitar cualquier confusión, el Papa comienza esclareciendo la tan sublime y a la vez tan tristemente manoseada palabra amor. Los griegos lo llamaban eros y lo entendían como la atracción motivada por la pasión de los sentidos hasta la embriaguez pseudomística; sus manifestaciones eran desde las orgías públicas en los cultos al dios Dioniso, hasta la prostitución sagrada en los templos y los rituales esotéricos de los círculos de iniciados. Así se experimentaba y vivía el amor-eros antes de Cristo, en el paganismo. Según Nietzsche, el cristianismo vino a envenenar este amor y a destruir la felicidad del hombre (Cf. Más allá de bien y del mal, IV, 168). El Papa responde que no es así. El cristianismo no vino a suprimir el eros, ni a envenenarlo, sino a elevarlo y orientarlo hacia su plenitud; lo convirtió en ágape, en amor oblativo y donación plena que comienza por los sentidos –eros-, pero que se purifica y transforma en ágape por la gracia de Cristo.

El rostro humano de Dios.

19. Cristo no quita nada, sino que lo da todo, dijo el Papa Benedicto XVI a los jóvenes durante su visita a Colonia. ¿Cómo es esto posible? Responde el Romano Pontífice: Por el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Cuando el Hijo eterno de Dios asume la naturaleza humana en el seno de la Virgen María, Dios, que es amor, toma carne y figura humana y asume, purifica y eleva todo lo humano, comenzando por el eros, el amor pasional humano, y lo trasforma en amor divino y sobrenatural. Así Dios se desposa con la humanidad con vínculo indisoluble y todo lo humano queda impregnado con la luz de la divinidad. Cristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre, decía el Papa Juan Pablo II. La imagen humana más perfecta del amor divino se da en la unión conyugal; por eso se habla del desposorio del Hijo de Dios con la humanidad en el misterio de la Encarnación y, en Cristo, el amor humano se transforma en divino. El encuentro definitivo de los redimidos con Cristo se describe en el libro del Apocalipsis como la fiesta de bodas del Cordero (Cf. Ap 21, 9s). Como los esposos son una sola carne sin perder su propia identidad, así, en Cristo y por Cristo, se unen los opuestos sin desaparecer: lo humano con lo divino, el cielo con la tierra, el espíritu con la materia, el hombre con la mujer, el eros en el ágape. En Él (Cristo) tienen su consistencia todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, enseña San Pablo (Col. 1, 17), y en esta acción re-creadora de Dios en Cristo consiste la redención y la salvación. En Cristo el hombre y la creación entera han llegado a su plenitud.

El rostro divino del hombre.

20. En esta unión no desaparece el cuerpo ni la atracción sexual, sino que ésta asume formas superiores de expresión y es trasformada por la presencia del ágape en amor que se entrega de manera total y definitiva. Todo y para siempre. Sólo el ágape proporciona felicidad porque apunta hacia la eternidad. El amor humano queda divinizado en Cristo y se convierte en fuente de santificación para quienes están y permanecen unidos en Él. El amor conyugal y el amor al prójimo son las dos grandes fuentes de santificación para el hombre y la mujer, para todo cristiano. El cristianismo no envenena el eros sino que lo asume, lo purifica y lo eleva hasta dimensiones inimaginables de grandeza y dignidad, hasta Dios. Para que el eros consiga este noble fin hace falta una purificación, una maduración, que incluye también una renuncia. Esto no es rechazar el eros ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que adquiera su verdadera grandeza, porque el eros, degradado a puro “sexo” se convierte en mercancía, en simple “objeto” que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía (No. 5). Esta elevación y transformación del amor es la aportación específica del cristianismo y el servicio inmenso que ofrece la Iglesia católica a la dignidad de la persona humana y a la misma humanidad. El laicismo, en cambio, como toda ideología, termina convirtiendo al hombre en mercancía. Lo comprobamos fácilmente al ver la manera cómo se enfoca hoy en día el problema de la prostitución, cuya maldad intrínseca se minimiza y volatiliza dándole al oficio el nombre de sexo-servicio, pretendiendo cubrir la explotación de la mujer y la afrenta a su dignidad con la máscara de un servicio social remunerado. Se pervierte la dignidad de la mujer y la del trabajo humano.

El evangelio del eros transformado en ágape.

21. Esto, decía el Papa, es lo que quisiera comunicar, lo que los católicos debemos anunciar y pregonar; esta es la buena nueva, el evangelio del eros elevado y transformado en ágape, que nos trajo Jesucristo con el misterio de su Encarnación y redención. De esta valoración de la dignidad de la persona y del aprecio por el amor humano purificado, viene el rechazo de la Iglesia a todo lo degradante y vil, a todos los métodos violentos y antinaturales de enfocar el origen, transmisión y custodia de la vida, la educación del hombre y el progreso humano. Porque el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (GSp 22), la Iglesia tiene encomendado el cuidado del hombre como tarea irrenunciable y esencial. Esta es la buena nueva que el cristianismo anuncia mediante la Iglesia y lo que el laicismo intransigente no acepta, ni parece interesarle entender. No lo hace porque la defensa de la dignidad humana y de su trascendencia no es lucrativa en lo económico ni eficaz en lo práctico ni correcta en lo político ni popular en lo social; estos valores deben, por tanto, ser eliminados de las políticas públicas en el campo de la salud, de la educación y en los medios de comunicación. Esta es la filosofía que campea en el ambiente desacralizado de la cultura pública y de la política nacional, y de la cual hace alarde el laicismo oficial. La guerra del dios Dionisos contra el Crucificado es frontal, como lo anunciaba el filósofo alemán al final de su obra Ecce Homo.

D. Frutos amargos del laicismo

El laicismo intransigente.

22. Las consecuencias prácticas que se desprenden de esta concepción laicista de la vida en su expresión intolerante, son múltiples. Señalaremos algunas de manera sucinta, a modo de ejemplo, aunque cada una requeriría un análisis mayor.

a) Laicismo y moral. Como para el laicismo no hay ley moral estable que valga, sea la cristiana o la simplemente natural, cualquier precepto o límite a la conducta humana, sobre todo en el campo de las ciencias, se considera como injerencia indebida y enemiga del progreso; esto sucede particularmente en la esfera de la vida: anticoncepción, aborto, clonación de seres humanos, manipulación de embriones, fecundación in vitro, etcétera. Al separar la ética de la técnica y la moral de la ciencia, nada importa ya el derecho irrestricto a la vida humana o la dignidad de la persona, con tal de lograr un “progreso” que, al final, se volverá necesariamente contra el mismo hombre. No todo lo que es técnicamente posible es moralmente admisible. Quien defienda, en cambio, el aborto, la píldora del día siguiente, la experimentación con embriones hum

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