Libertad Religiosa - Doctrina de la Iglesia Católica

Libertad religiosa y laicismo

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San Lesmes fue un hombre de Iglesia, al que la autoridad civil pidió sus servicios. Y un monje que supo sacrificar la quietud de su vida monástica y el amor a su tierra, para colaborar con lealtad y eficacia con ella. Lesmes fue uno de tantos monjes que colaboraron de modo directo con la autoridad civil.

La situación socio-religiosa de entonces requería este hermanamiento entre lo temporal y lo religioso. Y que la autoridad eclesiástica llegase a donde no llegaba la autoridad civil; sobre todo, en materia de hospitales, cuidado de los pobres y vagabundos, atención a los peregrinos, etcétera. Los frutos fueron, con frecuencia, abundantes y duraderos; aunque tampoco faltaron las tensiones, tanto por las intenciones cesaropapistas del poder temporal como por las prácticas feudales de unos y otros.

La situación socio-religiosa actual es profundamente distinta. Los obispos, los sacerdotes y los monjes de Europa y, en general, de todo el mundo Occidental, no tienen que construir hospitales ni puentes. La sociedad civil es muy capaz de asumir estas responsabilidades, que son de su competencia. Y lo que se dice de hospitales y puentes puede aplicarse a tantas realidades sociales: fábricas, talleres, laboratorios, cajas de ahorro, etc. A veces, la Jerarquía de la Iglesia también realiza alguna de estas funciones, como ocurre sobre todo en la enseñanza. Porque es requerida por los padres; los cuales le reclaman colegios y universidades para que les ayude en la educación de sus hijos, de los que ellos son los primeros e inalienables titulares. Es también el caso de Caritas, que colabora con la autoridad civil en la asistencia y promoción de las personas y colectivos más desfavorecidos y desprotegidos.

Por otra parte, se han clarificado las ideas y deslindado las competencias de la sociedad civil y de la Iglesia; y se ha producido una efectiva y deseable separación entre el Estado y la Iglesia. El Estado tiene sus específicas competencias y la Iglesia las suyas. Aunque es bueno que ambas nunca pierdan de vista que tienen como horizonte el servicio al mismo hombre y, por tanto, que es deseable una sana y leal colaboración, como ha pedido el concilio Vaticano II.

Esto es lo que ha venido en llamarse «laicidad». La Iglesia ve con buenos ojos, más aún, desea ardientemente, que se reconozca la autonomía de la realidad terrena rectamente entendida. Es absolutamente legítimo que los hombres de nuestro tiempo reclamen que se reconozca que todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias, que el hombre debe respetar. Más aún, esta autonomía responde al proyecto de Dios Creador.

Ahora bien, si por autonomía de lo temporal se quiere entender que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, sería inaceptable y falsa. Más aún, dañaría la dignidad y grandeza del hombre, porque la criatura se esfuma sin referencia al Creador.

El rostro moderno de esta radical autonomía es el «laicismo» o el «secularismo» laicista. Cuando el Estado asume esta postura, la consecuencia más común es que, en lugar de ser verdaderamente aconfesional y adoptar una postura neutral respecto a la religión que profesan los ciudadanos, asume e impone a esos ciudadanos una moral relativista, atea, agnóstica o liberticida. El Estado seguiría siendo confesional, sólo que entonces de otro signo.

Ciertamente la sana laicidad es un bien y algo que debemos desear y fomentar, pero el laicismo como religión del Estado es un abuso que es preciso rechazar. Un Parlamento, un Gobierno, un Estado que impone a los ciudadanos un código ético –sobre todo, si es contrario a las creencias y moral de la mayoría de los ciudadanos- irrumpe en una esfera que no le corresponde y comete un abuso de poder.

Francisco Gil Hellín es Arzobispo de Burgos (España)

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