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Libertad Religiosa - Independencia de la Iglesia y el Estado

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Imaginemos cómo se dan las relaciones Estado y religión en Irán o Afganistán: teocracia, religión omnipresente y una “iglesia” (o por mejor decir, mezquita) de privilegios, con voz y voto en el ámbito político y legislativo ¿Es esto lo que la Iglesia católica sueña tener? Para el siglo XIX alguien lo podría debatir, pero pensemos más bien en nuestro siglo XXI

¿Qué aprendemos de los reventadores que impidieron al Papa Benedicto visitar la universidad romana La Sapienza? ¿Qué nos dicen 24 irrupciones violentas en la catedral de México? ¿Se vale que un obispo se oponga públicamente a iniciativas de ley como el aborto, el cambio de sexo con recursos públicos o la eutanasia? ¿Las convicciones religiosas y morales enriquecen o empobrecen el debate público?

Bandera en Lisboa (Portugal)Ahí está el Estado. Ahí está la Iglesia ¿Son hilos diversos de un mismo tejido?, ¿o la sociedad pertenece al Estado de lunes a sábado y el domingo no porque va a misa? Ahí está un ciudadano y si ese ciudadano es religioso… ¿Se debe cambiar la máscara según la ocasión? En la iglesia rezandero y en el Parlamento convenenciero.

Religión y vida pública, Iglesia y Estado, convicciones personales y deberes sociales, como la tierra y la espiga, son cosas diferentes pero unidas subsisten en un mismo campo. En el campo de la sociedad, en el campo de la persona humana se entrelazan estos dos ámbitos, idealmente no en antagonismo, sino en complementariedad.

La tensión se siente. La solución se propone: un Estado laico ¿quién la acepta? Obviamente los políticos de todos los partidos, nuestros libros de texto, las encuestas… Sorpresa, no sólo ellos, todos aplauden un Estado laico, los mismos obispos y hasta el Papa lo promueven. Basta la contundencia de esta declaración del presidente de la Conferencia Episcopal Méxicana, Mons. Carlos Aguiar Retes para darnos cuenta de esto "la Iglesia no sólo no está contra el Estado laico sino que está en favor plenamente del Estado laico" (31 de julio de 2007). Todos quieren el Estado laico, donde no hay acuerdo es a la hora de ver qué es esta laicidad.

Para algunos si un funcionario se declara contrario al uso de recursos públicos para la promoción del condón es ya una amenaza a nuestro estado laico. Y si un obispo se declara contrario al aborto algunos políticos se rasgan las vestiduras y la amenaza de hoguera llega a través de demandas legales por osar meter las narices en política. Qué decir del grupo de diputados que querían pedir solemnemente a la Iglesia retractar la excomunión del cura Hidalgo –hagamos paréntesis del ridículo histórico pues el grande prócer y pobre cura murió reconciliado con la Iglesia- el hecho muestra que ver juntos sotanas y políticos pone de nervios.

¿Están o no están de acuerdo grillos y curas? Se confunden los términos y en el nombre del sacrosanto Estado laico, unos quieren llevar a juicio al padrecito por meterse en política y otros desearían una colaboración fructífera en educación, salud y acción social. Los “ismos” son casi siempre negativos, así pasa entre laicidad y laicismo. La laicidad defiende una sana separación, no una destrucción; un equilibrio, no un apabullamiento; un respeto mutuo, no un silenciamiento. El laicismo, a diferencia de una sana laicidad, es, a fin de cuentas, ateo e inhumano.

También hay que matizar y decir que no todo ha sido pleito y confrontación. Hay casos de equilibrio también y de ellos tendríamos que aprender. Un ejemplo es el ex presidente del senado italiano Marcello Pera, a quien su postura personal de agnóstico declarado no le impide usar el sentido común y criticar fuertemente ese tipo de laicismo que quiere excluir cualquier religión de la vida pública para venerar la religión de Estado. Otro caso alentador es el de Estados Unidos en donde se ha reconocido el potencial transformador de las organizaciones religiosas para colaborar en la solución de los grandes problemas sociales. Es lógico, muchas veces unas monjas que llevan un hospital, un fraile que dirige un orfanato o unos padres que dirigen una escuela de oficios, responden a una necesidad social y lo hacen “mejor, más barato y con más convicción que si eso mismo lo intentara realizar una burocracia pagada por el gobierno. En España existen subsidios a las escuelas privadas, así las familias escogen qué tipo de educación prefieren, incluso en religión. Se estima que este sistema llamado de “educación concertada” ahorra al Estado alrededor de 3.000 millones de euros anuales (con datos del periódico ABC del 15 de enero de 2008).

Soluciones desastrosas a esa relación fe y política también ha habido y olvidarlas sería temeridad. No son nuevos los experimentos de laicismo (ese negativo, excluyente, negador de la religión como ámbito fundamental del hombre). Ya la Unión Soviética, Calles en México, el nazismo y antes la Revolución francesa hicieron el intento de acaparar un poder totalitario, la religión incluida: exclaustraciones, expulsión de religiosos, control político de los actos de culto, tapabocas y maniataduras a los ministros de culto, cárcel y fusilamiento en los casos más extremos, etc.

¿Qué pasó? Simplemente se llegó a un límite en que se volvieron sistemas enemigos del ser humano de a pie con cuerpo y alma, con sed interior de amar y ser amado, de realizarse más allá de un plan de gobierno omnicomprensivo y prefijado. Se llegó a la guillotina, a los gulag, a los campos de concentración… Ojalá aprendamos.

La Iglesia no debe pedir privilegios. El Estado no es para perseguir la religión. Entre el privilegio y la persecución, se abre el campo más prometedor y rico de una colaboración respetuosa y complementaria en aquello que ambos bandos tienen de común en sus ideales: el bien del hombre.

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