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Libertad Religiosa - Libertad y laicismo

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Benedicto XVI ha arrasado en Washington y Nueva York, metrópolis posmodernas del pragmatismo y la política. El papa bávaro, en una visita histórica, ha logrado que la Iglesia norteamericana salga reforzada y con nuevos bríos tras una crisis sin precedentes.

Consciente del momento histórico que nos toca vivir, el Papa no ha evadido los retos que surgen al visitar el imperio más grande de nuestro tiempo. Y la institución más poderosa: Naciones Unidas. Allí, rodeado de las mujeres y los hombres que representan a los estados de todo el orbe, el Papa habló claro, muy claro.

La conmemoración del 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos fue el marco que sirvió a Ratzinger para reflexionar sobre el fundamento de los Derechos Humanos, y sobre la dinámica y estructura del nuevo orden internacional nacido de la globalización y de los escombros de la Guerra Fría y las Torres Gemelas.

Enemigo de metáforas y recursos retóricos, el Papa fundamentó los Derechos Humanos en la dignidad de la persona, en la ley natural inscrita en el corazón de todo hombre, y no en la acción política de los estados o en el positivismo rabioso de una estatolatría laicista.

Defendió la importancia de los Derechos Humanos en tanto exigencias de la justicia, de la ética y de la razón. Con todo acierto, señaló que cuando la voluntad del legislador se idealiza totalitariamente, los derechos humanos se debilitan, convirtiéndose en frágiles instrumentos al albur de los remolinos del tiempo. Esta crítica al intrusionismo estatal también se vio reflejada en la atención que le otorgó el Papa a la cuestión de la libertad religiosa. Ésta, para el Sumo Pontífice, no puede reducirse a una mera libertad de cultos —formalismo por lo demás insuficiente— y jamás ha de considerarse un obstáculo para el desarrollo de los pueblos, como algunos se apresuran en sostener. Todo lo contrario.

El papa Benedicto XVI, con su discurso, se adhiere a la tradición de dos grandes pensadores del orden internacional: Agustín de Hipona, a quien llamó “uno de los maestros de nuestra herencia intelectual”, y al dominico español Francisco de Vitoria, tildado de “precursor de la idea de Naciones Unidas”. La mención a estos gigantes no ha sido casualidad. El Papa los rescata del ostracismo al que los condenó el orden estatal nacido de la paz de Westfalia (1648), hoy del todo superado. Influido por la filosofía griega, Agustín de Hipona vio con especial lucidez la validez permanente de ciertos postulados de justicia, con independencia de pueblos y naciones. Por su parte, el inspirador de la Escuela de Salamanca intuyó con brillantez la existencia de un orden internacional regulador de las relaciones entre los pueblos. Ambos, la necesidad de construir un mundo mejor, en libertad, en el que la idea de Dios tenga cabida sin ser relegada a un calabozo en el que un fundamentalismo racionalista o un primitivismo panteísta finjan de cancerberos.

Para Ratzinger, la Organización de Naciones Unidas encarna “un consenso multilateral que sigue padeciendo una crisis a causa de su subordinación a las decisiones de unos pocos”. En efecto, este privilegio contrario al derecho mina la acción de Naciones Unidas. Se trata de un error de génesis, de concepción, un error de estrategia. Mientras exista un puñado de naciones soberanas que decida la suerte del mundo, vetando a diestra y siniestra y esgrimiendo intereses particulares, el sistema no funcionará. Jamás funcionará. Estará viciado, con un error de origen.

En este 60 aniversario de la Declaración, opongámonos a una concepción relativista del cosmos jurídico. Los derechos son universales, como universal es la persona, sujeto de esos derechos. El mensaje papal es diáfano. Irradia luz en medio de tanta oscuridad jurídica. Ratzinger, con sus argumentos atinados, derrumba la torre de Babel de tecnicismos que procuran ocultar la piedra angular de todo el sistema: la persona, el viviente humano.

El Papa ha denunciado esa “mísera perspectiva utilitarista” —huérfana de ética, por supuesto— que busca el triunfo de la legalidad sobre la justicia, el de la ley sobre el derecho, el de la norma sobre la realidad. Benedicto XVI, desde el corazón de la política internacional, nos ha mostrado un buen camino. Ahora, es nuestro turno.

Rafael Domingo es catedrático de Derecho Romano.
Fuente: La Gaceta de los Negocios, Madrid 23 de abril de 2008

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