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Libertad Religiosa - Libertad religiosa en el silo XX

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Durante la Guerra Civil Española, hubo una persecución contra los católicos en la retaguardia de la zona leal a la II República. En ella murieron unas 10.000 personas por su fe. Quedaron destrozadas además unas 20.000 iglesias. Se considera una de las persecuciones más encarnizadas de la historia universal.

La República Española fue acogida con alegría y esperanza por mucha gente, también por bastantes católicos. Sin embargo, hubo una persecución religiosa durante los cinco años de este régimen, aunque no llegó a los extremos de lo que ocurrió durante la Guerra Civil.

Más información sobre este tema: La persecución religiosa
durante la Segunda República Española
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La persecución religiosa durante la guerra civil

Durante la Guerra Civil hubo en España represión en la retaguardia de ambos bandos; en el caso de la zona republicana, muchos grupos con poder identificaron a los católicos con la población desafecta. Desde el 18 de julio de 1936 (fecha alzamiento militar de los sublevados) hubo un estallido revolucionario en la zona republicana. La Iglesia Católica se convirtió en esa zona en uno de los enemigos a los que había que eliminar. Así, Andrés Nin, dirigente del partido revolucionario POUM, proclamaba en un mitin llevado a cabo el 8 de agosto de 1936 que habían resuelto la cuestión religiosa:

Nosotros lo hemos resuelto totalmente yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto.

Prácticamente desde el mismo 18 de julio de 1936 el culto católico debió suspenderse y los ciudadanos católicos hubieron de pasar a la clandestinidad, pues eran buscados para ser detenidos y llevados a tribunales arbitrarios, en los que en miles de ocasiones se decretaba la pena de muerte, con la única acusación de ser católico. La posesión de un Rosario, o el recuerdo de alguien de que un ciudadano solía ir a Misa o participaba en reuniones de Acción Católica, era suficiente para ser llevado a un pelotón de fusilamiento. Las ejecuciones eran muchas veces inmediatas, e iban precedidas de torturas salvajes. La situación más precaria era la de los eclesiásticos (obispos, sacerdotes y religiosos). Muchos de ellos iniciaron una huída de refugio en refugio, con gran riesgo de sus vidas y de las personas que les acogían. Había que ser muy valiente para acoger en casa a un sacerdote o a una monja y no todos se prestaban a ello: no pocas veces hubo ejecuciones de amigos de eclesiásticos.

Milicianos fusilan el Sagrado Corazón. Cerro de los Ángeles (Madrid)
Milicianos fusilan
el Sagrado Corazón.
Cerro de los Ángeles (Madrid)

La persecución no fue homogénea ni en el tiempo ni en el espacio en la retaguardia republicana. La mayoría de los martirios se produjeron en 1936 y primeros meses de 1937. Especialmente trágico fue el verano de 1936. Según Gabriel Jackson, “los primeros tres meses de la guerra fueron el período de máximo terror en la zona republicana. Las pasiones republicanas estaban en su cenit. Los sacerdotes fueron las principales víctimas del gangsterismo puro”1.

Desde principios de 1937 disminuyó el número de muertes, aunque hubo un repunte durante la retirada del ejército republicano tras la caída del frente de Cataluña: así, Anselmo Polanco, obispo de Teruel, y Felipe Ripoll, su vicario general, murieron el 7 de febrero de 1939 en Pont de Molins (Gerona), cerca de la la frontera francesa, a menos de dos meses del final de la guerra. En cuanto a la distribución espacial, en el País Vasco la Iglesia Católica pudo desarrollar su actividad casi con total normalidad2, mientras que por el otro lado la persecución se cebó en Madrid, Valencia, Aragón y Cataluña. La diócesis más castigada fue la de Barbastro, en la que fueron asesinados el 90 por ciento de los sacerdotes, incluido el obispo: tenía entre 110 y 120 sacerdotes, y fueron asesinados casi en centenar; al acabar la guerra, solo tenía 12 sacerdotes3.

Las cifras son difíciles de dar, pero se calcula que pudieron ser 10.000 los mártires de la persecución religiosa durante la guerra civil, incluyendo tres mil seglares, en su mayoría pertenecientes a la Acción Católica. Hay registrados cerca de 7.000 con nombres y apellidos4. Estos datos hacen que la persecución religiosa se haya llegado a considerar la peor persecución religiosa en toda la historia. En este sentido, Antonio Montero Moreno:

En toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos.

También el historiador británico Hugh Thomas:

Posiblemente en ninguna época de la historia de Europa, y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y cuanto con ella se encuentra relacionado.

Y Stanley G. Payne:

La persecución de la Iglesia católica fue la mayor jamás vista en Europa occidental, incluso en los momentos más duros de la Revolución francesa.5

Se dieron episodios de gran crueldad y de verdadero sadismo; así, hubo casos en que las víctimas fueron quemadas vivas, terriblemente mutiladas antes de morir o sometidos a verdaderas torturas psicológicas6. También hubo quienes fueron arrastrados por coches. Hubo casos en que se entregó el cuerpo de una persona asesinada a los animales para que lo comieran. Incluso hubo una auténtica cacería de presos7.

También es preciso señalar lo que algunos llaman “el martirio de las cosas”. Desde el primer momento se asaltaron iglesias y conventos quemando imágenes y expoliando los bienes artísticos. Se destruyeron unas 20.000 iglesias -entre ellas varias catedrales- incluyendo su ornamentación (retablos e imágenes) y archivos8. Se debe resaltar que no fueron destruidas en acciones de guerra, sino en la retaguardia. Actualmente muchas provincias, como Cuenca, Albacete o Valencia, que no vieron una sola batalla en la guerra, carecen prácticamente de todo su patrimonio artístico religioso anterior a 1936, porque sucumbió en las llamas en esos primeros días.

Se ha afirmado que estas matanzas se debieron a una explosión de ira popular, tras el levantamiento de parte del ejército el 18 de julio. El investigador catalán Jordi Albertí, que se define catalanista y creyente, afirma que la persecución fue planificada: la planearon los comunistas libertarios, es decir el partido anarquista (la FAI) y su sindicato, la CNT. Otros grupos de la izquierda fueron cómplices en distinta medida -especialmente entusiastas los comunistas-, o bien se inhibieron con omisiones culpables. Según este investigador: «¿pueden unos descontrolados matar 70 curas al día, que era la media de agosto de 1936?»9.

Desde principios de 1937 el gobierno republicano intentó dar al mundo la imagen de la normalización de la vida civil, incluyendo el aspecto religioso. Entre otras medidas se incorporó al gobierno un católico, Manuel de Irujo Ollo: este personaje era dirigente del Partido Nacionalista Vasco, ministro sin cartera en los dos Gobiernos de Francisco Largo Caballero (septiembre 1936-mayo 1937), y ministro de Justicia en el gabinete de Negrín (desde el 18 de mayo de 1937). En una reunión del gobierno celebrada en Valencia el 9 de enero de 1937, presentó el siguiente Memorándum sobre la persecución religiosa:

La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente:

a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio.

b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido.

c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron.

d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales.

e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo -los organismos oficiales los han ocupado en su edificación obras de carácter permanente.

f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos.

g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso.

h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerda.

A pesar del hecho de contar con un ministro católico, el gobierno republicano no cortó con la persecución. Durante toda la guerra civil, en la retaguardia republicana la Iglesia debió vivir en la más absoluta clandestinidad. No se celebró ni una sola Misa pública ni se restauró el derecho a la libertad religiosa. Los enfermos católicos que veían acercarse el final de sus días no podían llamar a ningún sacerdote, ni se podía contraer matrimonio. Nadie se atrevía ni siquiera a poseer una imagen religiosa. Incluso se llegó a sustituir la fórmula de despedida («adiós») por expresiones menos comprometidas con el hecho religioso, como «salud».

Entre muchos testimonios sobre estos aspectos, se puede citar uno procedente de un representante diplomático. El embajador de Francia en Barcelona, Erik Pierre Labonne, protestante, profundamente religioso y gran entusiasta de la causa republicana, envió el 16 de febrero de 1938 un extenso informe a su ministro de Asuntos Exteriores. Se lamentaba de que "la actitud de la España republicana en materia religiosa fuera una verdadera paradoja" y explicaba así la situación que había encontrado:

¡Qué espectáculo!... desde hace cerca de dos años y después de afrentosas masacres en masa de miembros del clero, las iglesias siguen devastadas, vacías, abiertas a todos los vientos. Ningún cuidado, ningún culto. Nadie se atreve a aproximarse a ellas. En medio de calles bulliciosas o de parajes desiertos, los edificios religiosos parecen lugares pestíferos. Temor, desprecio o indiferencia, las miradas se desvían. Las casas de Cristo y sus heridas permanecen como símbolos permanentes de la venganza y del odio. En las calles, ningún hábito religioso, ningún servidor de la Iglesia, ni secular ni regular. Todos los conventos han sufrido la misma suerte.

Monjes, hermanas, frailes, todos han desaparecido. Muchos murieron de muerte violenta. Muchos pudieron pasar a Francia gracias a los meritorios esfuerzos de nuestros cónsules, puerto de gracia y aspiración de refugio para tantos españoles desde los primeros días de la tormenta. Por decreto de los hombres, la religión ha dejado de existir. Toda vida religiosa se ha extinguido bajo la capa de la opresión del silencio. A todo lo largo de las declaraciones gubernamentales, ni una palabra; en la prensa, ni una línea.

Sin embargo, la España republicana se dice democrática. Sus aspiraciones, sus preocupaciones políticas esenciales, la empujan hacia las naciones democráticas de Occidente. Su Gobierno desea sinceramente, así lo proclama, ganar la audiencia del mundo, hacer evolucionar a España según sus principios y siguiendo sus vías. Como ellas, se declara partidario de la libertad de pensamiento, de la libertad de conciencia, de la libertad de expresión. Hace mucho tiempo ha aceptado el ejercicio del culto protestante y del culto israelita. Pero permanece mudo hacia el catolicismo y no lo tolera en absoluto. Para él el catolicismo no merece ni la libre conciencia, ni el libre ejercicio del culto. El contraste es tan flagrante que despierta dudas sobre su sinceridad, que arrastra el descrédito sobre todas sus restantes declaraciones y hasta sobre sus verdaderos sentimientos. Sus enemigos parecen tener derecho a acusarle de duplicidad o de impotencia.

Como su interés, como infinitas ventajas le llevarían con toda evidencia a volverse hacia la Iglesia, se le acusa sobre todo de impotencia. A pesar de sus denegaciones, a pesar de todas las pruebas aducidas de su independencia y de su autonomía, se le cree ligado a las fuerzas extremistas, a los ateísmos militantes, a las ideologías extranjeras. Si fuera verdaderamente libre, se dice, si su inspiración e influencias procedieran efectivamente de Inglaterra o de Francia, ¿cómo ese Gobierno no ha atemperado el rigor de sus exclusivismos, olvidando su venganza, y reniega de su ideología?

Entre las filas republicanas se reconocía esta desaparición de la Iglesia Católica en la zona que controlaban: El secretario general de la sección española de la III Internacional y líder del Partido Comunista de Españal, José Díaz, afirmaba en Valencia el 5 de marzo de 1937: “En las provincias en que dominamos, la Iglesia ya no existe. España ha sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy día aniquilada”. La publicación catalana L’Esquella de la Torratxa, en julio de 1937 proclamaba: «¡Ya vivimos tranquilos! Porque hemos matado a todos los curas, a todos los que parecían curas, y a todos aquellos que nos parecían curas».10.

La Carta colectiva de los Obispos españoles de 1 de julio de 1937

El 1º de julio de 1937 los Obispos españoles que vivían en zonas libres de la persecución consideran conveniente escribir una carta colectiva a los episcopados el mundo entero. En ella explican lo sucedido en España hasta el momento, haciendo hincapié en la persecución que estaba teniendo lugar en España11. En esta carta los Obispos se declaran partidarios del «movimiento nacional», que es el nombre con el que entonces se conocía a los alzados con el general Franco12.

Esta carta se debe entender en sus circunstancias. En el momento en que se escribe se había producido la muerte de 80 por ciento de las víctimas de la persecución (es decir, unas 8.000 personas) y la destrucción prácticamente del 100 por ciento del patrimonio eclesiástico en zona republicana, mientras que en la zona bajo control de los alzados la Iglesia Católica tenía casi total libertad. Quien se extrañe de que la Iglesia se declare partidaria del triunfo de las tropas de Franco demuestra una gran ingenuidad. Nadie desea que triunfe quien te persigue hasta la exterminación total. No fueron los Obispos los que apoyaron a Franco en la guerra civil, fue la República quien arrojó a los Obispos a la causa de Franco por simples razones de supervivencia.

Así lo declaran los Obispos en la misma Carta: afirman que «a pesar de su espíritu de paz y de no haber querido la guerra ni haber colaborado en ella» la Iglesia no podía ser indiferente por «el sentido de conservación». La Iglesia no quiere comprometerse incondicionalmente con el régimen que se instaure, ni apoya sus excesos: «la Iglesia, con ello, no ha querido hacerse solidaria de conductas, tendencias o intenciones que, en el presente o en el porvenir, pudiesen desnaturalizar la noble fisonomía del movimiento nacional, en su origen, manifestaciones o fines»13.

Hay autores que explican la persecución religiosa por el carácter revolucionario de los acontecimientos en la retaguardia republicana durante 1936. Es un hecho que casi todos los investigadores aceptan que en el lado republicano la calle estaba dominada por los revolucionarios hasta 1937. Los gobiernos de la República a partir del 18 de julio de 1936 nunca se formaron como fruto de acuerdos entre fuerzas parlamentarias, sino a resultas de quién dominaba la calle en cada momento. Solo a principios de 1937 las autoridades lograron contener algo a las fuerzas revolucionarias, pero los gobiernos que se formaron no lo fueron como resultado de una vida parlamentaria ordinaria. De hecho, es admitido que en el seno del bando republicano estallaron varias “guerras civiles” internas. Estos autores no advierten la contradicción que supone aceptar que se estaba produciendo una revolución en el bando republicano, y criticar a la Iglesia por apoyar al gobierno del general Franco en la Carta colectiva del 1º de julio de 1937. Si los alzados el 18 de julio de 1936 no tenían la legitimidad de las urnas, tampoco la tenían los gobiernos del bando republicano. No olvidemos -como ya se ha señalado- que en la retaguardia republicana nunca hubo libertad religiosa y hubo mártires durante toda la guerra civil. Los gobiernos republicanos de la época más “tranquila” tampoco garantizaron la libertad religiosa.

Beatificaciones y canonizaciones

Una vez acabada la Guerra Civil se localizaron los restos de los mártires, y fueron exhumados y trasladados con gran recogimiento y solemnidad desde el lugar donde se encontraban a sus lugares de entierro definitivo. Además, se recogieron en todas las diócesis testimonios de los asesinatos y se iniciaron algunos procesos de beatificación. En la fase romana de estos procesos, sin embargo, fueron paralizados. Tanto Pío XII como Juan XXIII y Pablo VI prefirieron dilatar la apertura de beatificaciones para no abrir heridas aún no cicatrizadas en España. Bajo Juan Pablo II se consideró que ya había pasado tiempo suficiente. La primera beatificación fue la de las mártires carmelitas de Guadalajara, muertas el 24 de julio de 1936, que realizó Juan Pablo II en Roma el 29 de marzo de 1987.

También ha habido varias ceremonias de canonización, las de los nueve Hermanos de las Escuelas Cristianas de Turón muertos en 1934, otro religioso de la misma orden asesinado en Tarragona en febrero de 1937, y Pedro Poveda Castroverde, fundador de la Institución Teresiana, asesinado en Madrid el 28 de julio de 1936. Esta última canonización fue realizada por Juan Pablo II en la Plaza de Colón de Madrid junto con otros cuatro nuevos santos. Asistieron más de 1,5 millones de personas.

El 28 de octubre de 2007 fueron beatificados 498 mártires en la plaza de San Pedro en el Vaticano ante una multitud de peregrinos. Fue hasta ese momento la ceremonia con mayor número de beatificados de la historia. Posteriormente en Tarragona hubo otra ceremonia similar para 522 mártires el 13 de octubre de 2013. Actualmente hay unos 1500 beatificados en total, y entre ellos hay Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos14.

La Congregación para las Causas de los Santos (órgano de la Santa Sede) lleva diez años trabajando estas causas de mártires. Además, sus procesos de beatificación se iniciaron bastantes años antes (muchos en la década de 1950), y se recogieron testimonios en la mayoría de los casos en los años inmediatos al fin de la guerra. Si se tienen en cuenta estos datos es difícil mantener la tesis de que esta beatificación masiva es la respuesta de la Iglesia Católica a la Ley de Memoria Histórica15. Basta considerar que esta Ley comenzó a tramitarse varios años después de que hubiera comenzado el último de los procesos que ahora han culminado en la beatificación.

Críticas a las beatificaciones de mártires de la guerra

Se han formulado críticas a las beatificaciones y canonizaciones de mártires de la guerra civil. Como resumen de ellas, se puede citar la que pronuncia un hispanista como Ian Gibson, que afirma que la Iglesia debe pedir perdón por sus acciones, a raíz de la negativa de Monseñor Rouco Varela, que abrió el proceso de beatificación de varios de los mártires de la Guerra Civil, de pedir perdón por la guerra civil:

Yo lamento los asesinatos de los curas, porque estoy contra la pena de muerte, pero la Iglesia fue la que sembró la semilla del odio y la violencia. Tienen la obligación de pedir perdón y no son capaces. Son menos humildes que su propio jefe, el Papa; son cobardes y traicionan el mensaje de Cristo16.

Estas críticas se deben enmarcar en la tesis de una Segunda República Española como gobierno de plenas libertades y plenamente democrático, agredido por la reacción de derechas el 18 de Julio de 1936. La Iglesia sería, en este caso particular, un cómplice de ese asalto a la democracia destruida, y por lo tanto parte responsable y criminal del inicio de la Guerra Civil.

Sin embargo, no hay constancia alguna de que los religiosos se dedicasen a sembrar odio y violencia (nadie ha aportado hasta ahora apoyo documental alguno), sino que más bien fue el odio sembrado contra la Iglesia durante el período 1931-1936 el que alentó a las masas durante el estallido violento de 1936-1939. Ello por no hablar de la complicidad del gobierno o de los partidos que lo apoyaban al menos por omisión en estos lamentables hechos.

Los representantes de la Iglesia indican que con las beatificaciones la Iglesia busca fomentar el espíritu de reconciliación17. En el Mensaje Vosotros sois la luz del mundo sobre la beatificación de 498 mártires, aprobado por la Conferencia Episcopal de España, se afirma que «los mártires, que murieron perdonando, son el mejor aliento para que todos fomentemos el espíritu de reconciliación»18.

Se ha acusado a la Iglesia de fomentar actitudes nostálgicas respecto al régimen del general Franco. Algunos añaden que la Iglesia es la única institución que todavía hace homenajes a los caídos del bando franquista. Pero ya se ha visto que los católicos eran perseguidos por ser católicos y los sacerdotes y obispos tuvieron exquisito cuidado en no intervenir el asuntos políticos. No cayeron por apoyar el bando franquista, sino por ir a Misa o rezar el Rosario. Esta afirmación es válida en general, pero no se debe olvidar que la inmensa mayoría murió a los pocos días o semanas de iniciarse la guerra. No es fácil decir que quienes se debieron esconder el 18 o 19 de julio de 1936, y murieron antes de finalizar ese mes, apoyaron al bando franquista. Quienes hacen estas afirmaciones no aportan ningún dato (una declaración de alguno de ellos, una homilía, una carta pastoral o alguna otra prueba) de que los mártires hubieran apoyado a Franco alguna vez.

Rendir homenaje a los mártires no es apoyar el régimen del general Franco, y menos aún sus excesos o la represión de retaguardia o la que hubo después de la guerra civil. Algunos partidos políticos y ayuntamientos actuales rinden homenaje a los caídos del bando republicano, y eso no implica que apoyen con ello la persecución de curas y monjas y demás excesos republicanos. No es mucho pedir que traten igual a la Iglesia Católica y a los mártires de la guerra civil. Rendir homenaje a los mártires de la guerra civil es rendir homenajes a unos hombres y mujeres sencillos que se convirtieron en héroes porque defendieron sus creencias y su derecho a la libertad religiosa con sus vidas.

Artículo relacionado: La Iglesia y la libertad religiosa
(Beatificación de 498 mártires de la guerra civil española)
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1 Citado en Vicente Cárcel Ortí, Mártires del siglo XX. Cien preguntas y respuestas, Valencia 2001.

2 Hubo sacerdotes vascos muertos por la represión franquista, pero fue por razones políticas. La historiografía admite que fueron 16 los sacerdotes muertos.

5 Las tres citas en La Razón Española. Las cifras que da Monseñor Antonio Montero Moreno han sido corregidas por investigaciones posteriores.

6 Por poner algunos ejemplos, Carmen García Moyón fue quemada viva en Torrent (Valencia) el 30 de enero de 1937; Plácido García Gilabert fue terriblemente mutilado y matado el 16 de agosto de 1936; a Carlos Díaz le obligaron a cavar su propia tumba y le enterraron vivo en el cementerio de Agullent (Valencia), devolviéndole medio muerto al día siguiente a su casa, en Onteniente. A los pocos días vuelve a ser detenido y es fusilado. Todos estos ejemplos en Vicente Cárcel Ortí, Mártires del siglo XXI. Cien preguntas y respuestas, p. 101-109, Valencia 2001.

7 Martín García García, párroco de Los Santos de la Humosa (Madrid) fue llevado a la cercana población de Corpa donde recibió varios tiros. Quedó gravemente herido, y al advertir que aún vivía fue atado a un vehículo y arrastrado por las calles del pueblo. Murió a consecuencias de estas heridas; era el 25 de julio de 1936. Apolonia Lizárraga, general de las Hermanas Carmelitas de la Caridad, fue asesinada en la cárcel de San Elías de Barcelona. Su cuerpo fue descuartizado y arrojado a los cerdos. En Azuaga el 30 de agosto de 1936 ataron entre ellos a 21 presos; fueron soltados en un descampado y abatidos como piezas de caza mientras huían. De ellos varios eran sacerdotes. Las tres referencias en Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, BAC, Madrid 1999, p. 63. Renunciamos dar más ejemplos de la crueldad con que se realizaron los martirios para no caer en afán morboso, pero es fácil encontrarlos si se lee la causa de beatificación de estos mártires.

8 En Expolio y perdida del patrimonio artistico español: tres momentos tragicos. Sobre Cataluña, el Presidente de la Generalidad de Cataluña, Lluís Companys, fue entrevistado a finales de agosto de 1936 por una periodista de L'Oeuvre al ser preguntado sobre la posibilidad de reanudar el culto católico, respondió: "¡Oh!, este problema no se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas".

9 Jordi Albertí, El silenci de les campanes, la persecució religiosa durant la guerra civil, edicions Proa, Barcelona 2007. Se puede ver un resumen de las tesis de este libro en Europa Press.

10 Las dos citas tomadas de La Razón Española. Para mayor abundancia, de la misma fuente: el diario socialista-anarquista, Solidaridad Obrera, el 15 de agosto de 1936, incitaba en estos términos: “Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo”, y en el número correspondiente al 25 de mayo de 1937, publicaba lo siguiente: “¿Qué quiere decir restablecer la libertad de cultos? ¿Qué se puede volver a decir misa? Por lo que respecta a Barcelona y Madrid, no sabemos dónde se podrá hacer esta clase de pantomimas. No hay un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz... Tampoco creemos que haya muchos curas por este lado... capaces de esta misión”.

A veces se llegó al paroxismo. En la comisaría de Policía de Bilbao fue hallado un documento con los sellos de la CNT y de la FAI, fechado en Gijón en octubre de 1936, en el que se decía textualmente: “Al portador de este salvoconducto no puede ocupársele en ningún otro servicio, porque está empleado en la destrucción de iglesias”. La fuente es la misma de esta nota.

11 La Carta colectiva da la cifra de 6000 sacerdotes asesinados, lo cual ahora sabemos que es ligeramente exagerado. Era verdaderamente difícil en aquella circunstancia hacer un recuento exacto de víctimas. De hecho, la misma carta debe calificar las cifras de «prematuras»: Carta colectiva, n. 6. Se da la circunstancia de que uno de los Obispos firmantes fue Monseñor Anselmo Polanco, que sufrió el martirio en 1939. Su ciudad, Teruel, cayó en manos de las fuerzas republicanas en enero de 1938; previamente a la caída fue advertido por quienes evacuaban la ciudad del peligro que corría si no se iba, pero prefirió seguir la suerte de sus diocesanos. Murió el 7 de febrero de 1939. Por cierto, fue el único de los trece obispos muertos que fue llevado a juicio. No murió como aplicación de la sentencia -no se llegó a dictar- sino como consecuencia de una de las temibles «sacas de presos».

12 «Hoy por hoy no hay en España más esperanza para reconquistar la justicia y la paz y los bienes que de ellas derivan que el triunfo del movimiento nacional»: Carta colectiva, cit., n. 5.

13 Carta colectiva, cit., n. 5.

14 La Conferencia Episcopal Española mantiene la lista actualizada en este enlace.

15 Conferencia Episcopal Española, dossier informativo sobre la beatificación de 498 mártires del siglo XX en España, pág. 3 y 4. Se puede descargar en este enlace.

16 En Miguel ángel García Olmo, «Reflexión de un 14 de Abril –en el 70º Aniversario de la II República Española–», artículo en El País, (Edición de Valencia) 12/03/2001.

17 En este sentido, Revista Ecclesia, Entrevista al padre Juan Antonio Martínez Camino, sobre la prevista beatificación de 498 mártires.

18 Mensaje Vosotros sois la luz del mundo ante la beatificación de 498 mártires.

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